Lofoten Ultra 100M 2018

LOFOTEN ULTRA 100M 2018
Islas Lofoten (Noruega)
2018-06-01 / 2018-06-02
Distancia: 166 km
Desnivel positivo: 7000 m aprox.
Tiempo: 32h 46′
Posición: 7 de 37 (5 Cat.)

Fotos Volker Strobe.
Fotos Kai-Otto Melau.

Y llegó el día. El pasado 1 de junio hice mi debut en la distancia reina de carreras por montaña de ultrafondo: las 100 millas. Y lo hacía en un marco incomparable como son las Islas Lofoten, en Noruega. Un lugar que ya visitamos el año pasado y que ahora, por siempre y por motivos deportivos pero también por otros que desvelaré más adelante, será además de mágico por sus paisajes, un lugar muy especial para Maria y para mí.

No quisiera que ésta fuese una crónica excesivamente larga, por lo que me limitaré a los detalles importantes. Las fotos, creo, hablan por sí solas, y es que Lofoten es un lugar único con paisajes que difícilmente se encuentran en otras partes del mundo. Especial por ese absoluto silencio únicamente interrumpido por el romper de las olas, la simbiosis entre abruptas montañas de granito ennegrecido y la fuerza del océano Atlántico Norte. Acantilados y fiordos impenetrables continuamente escoltados por playas vírgenes de arena blanca y aguas cristalinas. También cuentan la historia, estas fotos, de una aventura durante la cual el sol prácticamente brilló por su ausencia en favor de la niebla, las nubes bajas y la fina lluvia, que añadieron esa pizca de componente épico y dureza al reto físico.

Nunca antes había corrido más de 16 horas seguidas.

Nunca antes había corrido más de 107 kilómetros.

Y de una tacada, conseguí doblar esa marca de tiempo (32 horas), con el añadido de otros 60 km y sobreponerme a la tecnicidad de un terreno permanentemente mojado, resbaladizo y embarrado, de lo que previamente a la carrera ya era consciente, pero quise siempre suavizar en mi cabeza desde que marqué esta carrera como objetivo principal para 2018. En honor a la verdad, si dividiésemos Lofoten Ultra 100M en tres partes iguales, se podría decir que el primer y último tercios son excesivamente técnicos, de avance muy lento, incluso por momentos peligroso, obligando a tomar precauciones a cada paso, donde se supera la mayor parte del desnivel positivo de la prueba atravesando continuamente pasos de montaña, tundra carente de sendas, crestas escarpadas y líneas de costa interminables formadas por bloques de roca. Mientras que la parte central de la carrera permite una continuidad en el ritmo a trote que rebaja el nivel de exigencia global y permite concluir las 100 millas en tiempos inferiores a las 40 horas. De otra manera, Lofoten Ultra 100M sería una carrera de dureza extrema, ya siendo un reto muy, muy exigente tal y como es y que ha requerido, en mi caso, una preparación dilatada y a conciencia.

Otro de los aspectos a destacar sobre esta carrera fue la gente, tanto organización (mil gracias por vuestro trabajo y atención a los corredores, Kristian) como corredores venidos de todas partes del mundo pese al coste y a ser un evento “pequeño” en cuanto a global de corredores que participan en ella. Hubo más de 300 valientes venidos de 27 países diferentes entre todas las pruebas que componen el evento, según el organizador. En la distancia de 100M tomamos parte 37 corredores entre locales (tanto noruegos como del propio Lofoten), también del resto de Escandinavia, de otras partes más alejadas del mundo (Brasil, Corea, China y Japón), pero sobre todo del sur y centro Europa (Francia, España, Alemania, Suiza, Eslovaquia, etc). La mayoría de ellos, experimentados atletas en carreras de larga distancia con grandes historias y un bagaje único a sus espaldas. Es el caso de Vincent (periodista deportivo francés especializado en carreras de montaña de ultradistancia que ha conseguido hacer de su pasión, su profesión, y recorre el mundo de carrera en carrera para documentar y posteriormente escribir sobre sus experiencias), o de Jard (corredor experimentado noruego, finisher de carreras míticas como Tor des Geants o PTL y con esta edición triple finisher de Lofoten Ultra 100M), o también de Rakel (enfermera de Svolvaer y corredora del equipo Compressport, ganadora en su categoría de esta edición destrozando el récord femenino de la prueba). Con todos ellos tuve la suerte de compartir muchas horas, y muchos kilómetros juntos, darnos apoyo mutuamente y amenizar como mejor supimos el paso de las horas. Incluso si en muchos momentos solo fuese por la compañía, en silencio, resulta un viaje muy especial que enriquece la experiencia. Gente que son básicamente desconocidos, pero que después de compartir algo así sientes como amigos y no puedes evitar pensar e incluso ofrecer la posibilidad de compartir kilómetros en otra ocasión, en otro destino, donde nuestra pasión por las carreras de montaña nos lleve.

Las sensaciones en carrera fueron generalmente buenas, teniendo en cuenta la distancia y horas de actividad a las que me enfrentaba, y que nunca había lidiado con un reto de esta envergadura anteriormente. Creo que pese a ello, el trabajo mental previo a la carrera fue de vital importancia. No soy psicólogo, ni tampoco seguí ninguna metodología especial, pero sí durante meses tuve la convicción de haber entrenado bien y, de forma racional, saber que sería capaz de superar el reto. En ese sentido, la confianza y relativizar tanto la distancia como las horas, sin perderles nunca el respeto, creo que fueron clave. Regular el esfuerzo una vez en carrera, sin dar tirones innecesarios pero moviéndome siempre que fuera posible en ritmos como mínimo al trote, salvo en subidas, fue otra de las claves, así como ir casi siempre acompañado y marcando el paso unos a otros (con la gente mencionada anteriormente). La cabeza estuvo siempre en su sitio, la gente animando allá por donde pasabamos, y el paisaje, acompañaban a mantener la mente ocupada y libre de pensamientos segativos. El cuerpo respondía bien al esfuerzo y a la ingesta de comida y bebida, que fue abundante y regularmente. La experiencia de correr bajo el sol de medianoche, que ayudaba a engañar al cuerpo frente a la necesidad de dormir, lo cual nunca fue un problema. En general, creo que hubo varias claves que ayudaron al éxito final, un conjunto de cosas que me servirán para futuras experiencias. La paciencia y saber disfrutar del camino, otra de ellas.

Pero con tantas horas por delante, no todo fue un camino de rosas aunque así lo parezca o trate de quedarme y reflejar sobre todo los aspectos positivos. Tuve algunos problemas consecuencia sobre todo del cansancio y la inseguridad en la pisada que provoca lo anterior. Lo primero, una torcedura de rodilla en el km 85-90 que al principio no supuso un problema mayor pero, con el paso de los kilómetros, se tradujo en dolor e inflamación. Debido a ello y a la cojera, desarrollé a las pocas horas un problema en el tobillo contrario, esta vez por el estrés de una sobrecompensación física y no una torcedura. Después de la carrera ambos problemas desembocaron en una fuerte inflamación que me acompañó durante días, más seria la del tobillo, habiendo el fisio descartado ningún problema grave pero que todavía hoy pasadas casi 3 semanas sigo recuperando. Esto fue después, pero en carrera significó correr con dolor las últimas 13-15 horas, lo cual no solo no es agradable sino que dificultaba mucho el avance, sobre todo cuando se complicaba el terreno en el último tercio. Como he dicho antes, con tantas horas es raro que no nos pase nada a todos los corredores y, el que más el que menos, sufre algún tipo de contratiempo. Por poner un ejemplo, uno de los participantes tuvo una caída en una zona escarpada y se rompió la nariz, lo cual le obligó a retirarse. Yo por mi parte, pude lidiar con mis problemas y acabar la carrera, para centrarme en la recuperación activa después, pero siempre hay, también, un factor de suerte que debe acompañar durante el día (más de 32 horas, en mi caso) por lo que en ese apartado me doy por satisfecho, pese a todo.

En cuanto a la llegada, qué decir. Tuve la suerte de vivir las horas precarrera con Vincent, compartiendo nervios y experiencias desde el autobús hasta la línea de salida. Las horas de esfuerzo, más de 25 sobre el total, con Rakel, animandonos mutuamente todo el camino. Y la entrada a meta con Jard, el figura local, dicharachero y con anécdotas para entretener durante horas. Todo un placer. Pero sobre todo, en la llegada a meta estaba ella, Maria, esperándome a pie de línea. Como siempre, compartiendo conmigo un torrente de emociones y alivio, sirviendo durante las horas previas de motor para mis piernas, aún durante esas horas en las que normalmente no tiene noticias mías (lo cual es casi siempre buena señal). Y bajo esa premisa pude cumplir el plan que puso toda esta idea, esta locura, en marcha. Al poco de cruzar la línea de meta, de abrazarla y tomar un respiro, puse la rodilla en tierra para sellar un pacto que nos lleve a compartir muchas más aventuras como ésta, el resto de nuestras vidas.

Hoy lo importante era ésto. Hoy lo importante, era ella.

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